1 Notes

Tapiales

La comprobación de lo obvio, de lo advertido por los hechos cotidianos es el golpe seco a la memoria. Es la demolición instantánea de todo aquello construido en el baldío del necio. Solo queda el eco prolongado del crujido sordo, el olor insoportable de las palabras caducas sobre el perfume impregnado de días anteriores; promesas incumplidas.
Lo que queda es el espacio, los montoncitos de escombro y la estupidez de haber cerrado los ojos, de haber creído en el abrazo circunstancial. Hoy lamento el descuido, pero no me arrepiento de haber sido parte de la puesta en escena, de haber recibido el aplauso de los que sabían que era un texto memorizado. Quizá aplaudían la ingenuidad del que no actuaba, la frialdad de quien conocía el final del guión y lograba el clímax perfecto en la tarima.
Aquí ya queda poco, pero no se nota, nadie repara en el polvo levantado, en los cuerpos tendidos de tristeza. Los tapiales se caminan de prisa, no ofrecen mas que un poco de miedo, son los muros frágiles que se dejan sin reparo. Ahí es donde me quedo, del otro lado de los transeúntes que olvidan. Es lo que queda.
Ya solo espero que no te gane la curiosidad, que no tengas ratos de ocio que inviten a exhumar mi nombre.

4 Notes

para ti / por ella

Te escribo porque el tiempo no significa entre nosotros, pero el tiempo existe y se ha prolongado en demasía. Te escribo porque tengo un derrame de palabras provocado por el letargo de una rutina que consume y porque conozco otras posibilidades que se diluyen si me detengo. Estoy bien, pero estoy urgido de ser, estoy urgido de recuperar(me) y coincidir con aquellos que cerraban mi Club de la Serpiente. La soledad es una opción, es la ruta perfecta para ciertos momentos, pero es la traición de uno mismo cuando el rostro puesto en otros no se olvida.
Mis días se suceden como a cualquier otro, quizá con un ritmo mas lento, pero no se suspende el ciclo, no deja de cerrarse el círculo de sol y luna. A veces soy testigo de todos.  Estoy bien porque desperté de cansancio, porque me despertaron a golpes y a risas, porque me vi como hace tiempo no lo hacía y no encuentro culpable. Busco la mano que sacudió el silencio y ahora lo interpone.
Que difícil es callar por respeto, por que el reflejo evade mi rostro y esta buscando romper el espejo. Díficil postergar la palabra por que adivino que al otro le aturde mi voz. Que díficil es hablar con aquellos que insisten. Difícil estar de los dos lados encarnando el que aturde y el aturdido. Hay pruebas de vida que se resumen en binomios antípodas, en la incongruencia misma de amar y enterrar la historia, de ser amado y enterrarse uno mismo para no ser blanco.
Ansío tu suerte de “soltar todo y largarse”, ansío mi suerte de reencontrar el acento de los últimos días, ansío poseerlo todo, pero sin respuestas parece que ansío lo imposible.

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Realidad-es

Lejos de atesorar ficciones, de guarder la firma del otro, de emocionarme por un roce único o el cruce de una mirada que le pertenece a todos y a ninguno he preferido ser mas el embalsamador de la historia propia.

Cada hecho real, cada gesto cercano se impregna en la piel, deja marcas que atraviesan los poros y se asientan en diferentes órganos. De ahí la necesidad de cubrir con bendas que estimulen la memoria, capas que detengan la posibilidad de que un beso se evapore.  Hilos enredados en el cuerpo que van dejando hebras suletas para tus dedos.

El golpe de realidad, la incertidumbre de repasar en solitario los pocos momentos conversados, los eternos silencios de una amnesia inexistente.  La piel llena de posibilidades sin usar, el tiempo acelerado por convincente, el hasta pronto postergado al límite y las frases haciendo eco con las letras de tu nombre. 

Dos historias paralelas, caminos independientes de viajes similares, de necesidades distintas para provocar algún cruce común. La paciencia extendida a través de las cartas, de las respuestas esporádicas y de cambios de vida cubiertos de silencio. Quizá un placebo sea escribir un libro en forma de testamento o simplemente un epistolario que nunca se ha entendido como páginas sueltas, que compruebe lo dicho por años y aún así se piense lo contrario.  Cartas ambiguas como el laberinto sin salida que levanta el tiempo. Muros de gratitud, de paternidad, de espejo que deforma la esencia y confunde. 

Hoy no me levanté como siempre, hoy inicié el día con el insomnio a cuestas, con el presentimiento de un silencio oscuro, amargo e inflexible. La hiel entre los cómplices como la frontera premeditada. Se cerró la puerta nueva de golpe, sin cerradura, sin llaves de éste lado. De nuevo atento a la mirilla, al silente movimiento de las bisagras o a la nota que se deje ver cercana al piso.  Hay tanto que no ha sido conversado, tanto supuesto, intuiciones imprecisas, risas hasta la boca del estómago y puntos suspensivos.

¿Por qué decirnos tanto sin pronunciar lo cierto? ¿Por qué rodear el rostro que te espera y caminar sin parar por detrás de la nuca?

Hay que estar bien de forma independiente para seguir adelante, para resolver y encontrarse con otro, consigo mismo. Hay que cavar muy hondo para que los miedos suban y se pierdan en la lejanía de otros mas valientes.  Hay que desengarrotar los dedos que ya no escriben, recuperar la calma de la voz y seguir tirando hilos para no perderse.

¿Cómo reencontrar los ojos que juegan al cíclope sin prisa y no como un experimento, como un fin a la curiosidad de años? ¿Cómo dejar de ser el que soy si en el proceso se pierde tu silueta entre las palabras? ¿Cómo saber si estarás cuando levante la mirada entre cajas y maletas, llenas de otras historias?

Notes

De la serie ANONYME.
Oleo sobre papel.
40 x 200 cm

De la serie ANONYME.

Oleo sobre papel.

40 x 200 cm

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suerte de ignorantes

Regreso para retirarme de nuevo, es como si los ciclos actuales cada vez fueran mas cortos. Reducidos al mínimo para hacer de la historia personal un compendio de relatos fugaces en los que es imperceptible la melancolía, como imperceptible la emotividad.  El área es tan pequeña que no caben mas que suspiros acelerados entre choques.  Regresé lleno de moscas y me retiro de la misma forma; cambiando de rumbo. Buscando sin querer encontrar la rutina metalizada de los engranes programados para el silencio.

Apenas nace la palabra amable se intercambia por la llamada que anuncia el corazón detenido en la familia. Que puntual es el destino escrito en los libros de viejo. Que certeros son los científicos y los que no lo son. Certeros todos al compensar el respiro con la asfixia.

Hace cuatro años perdí el escepticismo ante el milagro; hace unos días leo que es irrepetible en mi caso, no habrá forma ni ciencia. Otra pérdida.

¿Qué hacen los desaparecidos? ¿Se reúnen en grupos grandes o se aíslan a repasar la película propia y ven como se incinera la voz en segundos?

La llamada que esperaba no llegó porque el grito se ahogó en un consultorio médico.  Sin embargo la otra voz hizo el relevo perfecto para azotar lo que venía a destiempo.

¿Para que dejar el asta bandera al lado del risco? ¿Para que llenar el torso de ilusiones, si las ilusiones como el helio descienden en cosa de días? Y eso, si tienes suerte. Pero no, ni siquiera eso. La suerte (inexistente) es para los pendejos.

Notes

Epitafio del ignorante

La incertidumbre hizo que me hincara al final del desierto.  Perdido en un baldío que reconocía intermitentemente como las diapositivas que se memorizan de la infancia a pesar de que se desconoce su origen.  De nuevo los pies agotados, las manos agotadas y la memoria ampulada.  El pecho buscando la tierra y una sombra tirando en contra, obligándome a escuchar la voz de la lengua ajena, la que no se reconoce.  Frases calientes en las sienes, palabras cortas como casquillos percutidos que practican en el blanco. 

Hoy no hay víctima ni victimario. Solo la oportunidad de los desconocidos de salvarse, de cerrar la puerta y culpar al viento. Está la salida fácil, el tiro de gracia sin explicaciones, el PUM!to final, punto y aparte.  Existe también la gracia del tiro a los ojos que te reconocen, la mirada que pregunta y se exhibe ignorante.

Escuché el tiro sin indagar si veías mis hombros. Quizá mirabas los párpados cerrados como la garganta silenciada.  Hacia dentro ví atravesar el adios que explotaba todos los castillos de naipes acumulados, los muros de papel que no soportan ni unos gramos de olvido.  La demolición fue instantánea, unilateral y precisa.  Las rodillas clavadas a tierra, los muslos llenos de nostalgia y el torso desinflado ondeando como la bandera de las pérdidas.

Hay que tener mucho valor o mucho miedo para poner la primera piedra, trazar los planos del monumento y ordenar su derrumbe entre el hervidero de emociones y sueños. Es un acto de poder o de ingenuidad. Sucede a veces cuando el boceto es diferente al pensamiento y se recurre a perforar el papel antes de atrevernos a ejecutar(nos) lo que debió ser.

Es ahora el templete de las despedidas, la escultura mediocre del ir y venir, la señal de los intentos impedidos, el defecto de la cuadra, el tope necesario para que la inercia no atropelle mas ingenuos. 

Pienso en la necesidad del reinicio, de repensarlo todo, reescribir las epístolas marchitas, retomar el diálogo, pisar de nuevo lo que diluyó el instinto, remarcar el vínculo, re… ¿Retroceder?

“¡Retroceder jamás!” Como un grito revolucionario que impulsa a comenzar siempre en un nuevo ámbito. Cómo un grito que retumba en un callejón aislado porque no hay guerra sin enemigo, ni grupos de un solo individuo. Escribo y regreso a la posición de rodillas, porque cuanto mas cuestiono mas merezco ese fusilamiento.

Sigue y seguirá ondeando el torso muerto. Esa bandera que hoy se confunde con el fetiche personal, con el trofeo efímero, era la piel que constituía un alguien. Esa bandera de ideologías y sinsabores se irá pudriendo hasta llenarse de moscas y de olvido.

Hay dos cosas en las que uno debe tener mano firme. No traicionarse a uno mismo y no arrepentirse de “matar”.  Ya las historias actuales, tan ensangrentadas, no dan margen a los pasajes bíblicos, a las resurrecciones.  La espiritualidad sucede de otra forma, sin horarios. 

Regreso a las horas que precedieron la caída libre y quizá mas atrás. Días en que dejé de usar relojes porque medían en segundos la pasión y la desahuciaba; enfrascar en horarios el deseo o implantar cuentas regresivas a la palabra es claudicar de forma contemplativa.  Creo en el oficio, en la realidad organizada; incluso odio la estúpida responsabilidad del insomne, pero no puedo calendarizar un sueño.  Existe ese llamado personal a no olvidar desde hace 4 años.  Desde entonces se que podré llegar tarde al velorio de los imprescindibles, pero nunca habré limitado mis relaciones a un semanario.

PUM! Hizo un eco que aún resuena, hincado en la frustración pensé tanto y llegó la libertad, la desacreditación antes de la locura. No hubo más necesidad de pastillas para el sueño, pastillas para no dormir, pastillas para el dolor, pastillas para ser “felíz”, pastillas para la ansiedad, pastillas para no olvidar, pastillas recetadas en horas tan precisas como preciso fue el tiro sin gracia…

La incertidumbre hizo que me hincara, el horario me hizo bandera, y el tiempo me llenará de moscas, de olvido.

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Confeti monocromo

Hay días en que es mejor omitir las frases sórdidas que se escuchan dictadas por una voz irreverente. Tardes en que el daño ya hecho queda hundido en si mismo y se oculta bajo las vivencias de mayor peso, entierro de idiosincrasias individuales para prevenir el próximo paso.

La suerte es de los tontos, la realidad de los vivos y la ingeniudad mi peor defecto. Casi podría decir que corro con mala suerte en ésta realidad que poco entiendo.  Las doce paladas al discurso de las pesadillas no fue suficiente para disipar la batalla. El silencio corto y el intercambio de imagenes tampoco ayudaron al cruce del estrecho, campo minado que volví a pisar.

El dolor está disminuído y el cuerpo regado por toda la habitación. Pedazos por todos lados porque no hay coraza que resista las explosiones consecutivas. La piel como pequeñas notas secas que vuelan como el confeti de los festejos, confeti monocromático que comprueba la gravedad.

Pedacitos de mala intuición ensartados en una alargada aguja de ironía que desciende en la fogata para emitir el humo último.

La materia se sigue transformando, pero su ubicación es la misma. No hay forma de despedirse si la imposibilidad de moverse es el grillete perenne, la constancia que no se comprende por monstruosa.

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Será…

Las palabras están agotadas por insomnes, por el desgaste de volar en aires contaminados de rutinas imprecisas. Palabras que fecundan piedras pesadas, pedradas a quemarropa sin intención. Simulamos que el dialogo es finito y no contemplamos que las vocales no se acaban. Se termina la paciencia, el tiempo de espera, la capacidad de dialogo por el aburrimiento individual, por que hay días negros en que es mejor el silencio que disparar en las sienes como recurso innecesario. Aquel día sentí las agujas atravesando el poco entendimiento que hubo en mi cabeza, la sinrazón hirió de muerte y abrochó una camisa de fuerza para dejar inmóvil al escucha. El sentimiento fue como cuando alguien pisa tu rostro y lo único que resta es gritar para salvaguardar unos gramos de dignidad. La incompatibilidad del día no debe ser enjuiciada con régimen militar. Es quizá la distancia momentánea el placebo necesario para no experimentar el homicidio de las ideas que sobrepasan la tierra.
Hoy queda un poco de polvo sobre el rostro abatido. Huellas de lodo en las cuencas de los ojos y aun así las ganas de recuperar la voz y el respiro.
¿Será que te conozco?