Epitafio del ignorante
La incertidumbre hizo que me hincara al final del desierto. Perdido en un baldío que reconocía intermitentemente como las diapositivas que se memorizan de la infancia a pesar de que se desconoce su origen. De nuevo los pies agotados, las manos agotadas y la memoria ampulada. El pecho buscando la tierra y una sombra tirando en contra, obligándome a escuchar la voz de la lengua ajena, la que no se reconoce. Frases calientes en las sienes, palabras cortas como casquillos percutidos que practican en el blanco.
Hoy no hay víctima ni victimario. Solo la oportunidad de los desconocidos de salvarse, de cerrar la puerta y culpar al viento. Está la salida fácil, el tiro de gracia sin explicaciones, el PUM!to final, punto y aparte. Existe también la gracia del tiro a los ojos que te reconocen, la mirada que pregunta y se exhibe ignorante.
Escuché el tiro sin indagar si veías mis hombros. Quizá mirabas los párpados cerrados como la garganta silenciada. Hacia dentro ví atravesar el adios que explotaba todos los castillos de naipes acumulados, los muros de papel que no soportan ni unos gramos de olvido. La demolición fue instantánea, unilateral y precisa. Las rodillas clavadas a tierra, los muslos llenos de nostalgia y el torso desinflado ondeando como la bandera de las pérdidas.
Hay que tener mucho valor o mucho miedo para poner la primera piedra, trazar los planos del monumento y ordenar su derrumbe entre el hervidero de emociones y sueños. Es un acto de poder o de ingenuidad. Sucede a veces cuando el boceto es diferente al pensamiento y se recurre a perforar el papel antes de atrevernos a ejecutar(nos) lo que debió ser.
Es ahora el templete de las despedidas, la escultura mediocre del ir y venir, la señal de los intentos impedidos, el defecto de la cuadra, el tope necesario para que la inercia no atropelle mas ingenuos.
Pienso en la necesidad del reinicio, de repensarlo todo, reescribir las epístolas marchitas, retomar el diálogo, pisar de nuevo lo que diluyó el instinto, remarcar el vínculo, re… ¿Retroceder?
“¡Retroceder jamás!” Como un grito revolucionario que impulsa a comenzar siempre en un nuevo ámbito. Cómo un grito que retumba en un callejón aislado porque no hay guerra sin enemigo, ni grupos de un solo individuo. Escribo y regreso a la posición de rodillas, porque cuanto mas cuestiono mas merezco ese fusilamiento.
Sigue y seguirá ondeando el torso muerto. Esa bandera que hoy se confunde con el fetiche personal, con el trofeo efímero, era la piel que constituía un alguien. Esa bandera de ideologías y sinsabores se irá pudriendo hasta llenarse de moscas y de olvido.
Hay dos cosas en las que uno debe tener mano firme. No traicionarse a uno mismo y no arrepentirse de “matar”. Ya las historias actuales, tan ensangrentadas, no dan margen a los pasajes bíblicos, a las resurrecciones. La espiritualidad sucede de otra forma, sin horarios.
Regreso a las horas que precedieron la caída libre y quizá mas atrás. Días en que dejé de usar relojes porque medían en segundos la pasión y la desahuciaba; enfrascar en horarios el deseo o implantar cuentas regresivas a la palabra es claudicar de forma contemplativa. Creo en el oficio, en la realidad organizada; incluso odio la estúpida responsabilidad del insomne, pero no puedo calendarizar un sueño. Existe ese llamado personal a no olvidar desde hace 4 años. Desde entonces se que podré llegar tarde al velorio de los imprescindibles, pero nunca habré limitado mis relaciones a un semanario.
PUM! Hizo un eco que aún resuena, hincado en la frustración pensé tanto y llegó la libertad, la desacreditación antes de la locura. No hubo más necesidad de pastillas para el sueño, pastillas para no dormir, pastillas para el dolor, pastillas para ser “felíz”, pastillas para la ansiedad, pastillas para no olvidar, pastillas recetadas en horas tan precisas como preciso fue el tiro sin gracia…
La incertidumbre hizo que me hincara, el horario me hizo bandera, y el tiempo me llenará de moscas, de olvido.